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La Nueva Domus de
Livia
Fortis Fortuna Adiuvat
by Livia
CAPÍTULO XIII
Lluvia en el Corazón
Nueva York, 7 de octubre de 2005
La ciudad se hundía en un gris líquido. La lluvia caía con metódica obstinación sobre las aceras de Manhattan, repiqueteando contra marquesinas y cristales de ventanas y escaparates. Era uno de esos anocheceres lluviosos en Nueva York, en los que la gente caminaba apresurada de vuelta a casa, entrechocando sus paraguas o desesperada por encontrar un taxi libre. El aire olía a hormigón mojado, mezclado con los gases de los coches y el variopinto olor de comida de los puestos callejeros que resistían bajo toldos empapados.
Nueva York, en ese instante, parecía suspendida entre dos mundos: el de la prisa cotidiana y el de la melancolía que traía la lluvia al caer la tarde. Sin embargo, el representante de un tercer mundo avanzaba, aparentemente sin prisa, por el Lower East Side con la gabardina ya empapada y un sombrero tipo fedora que goteaba por una de sus esquinas. El intercomunicador que llevaba prendido en una de las solapas vibró, y una voz que sonó hueca y metálica dijo:
—¿Sabías que en esta ciudad hay más poltergeist que taxis?
El mago suspiró al tiempo que ponía los ojos en blanco. A Martin le gustaba soltar gilipolleces en los momentos menos adecuados.
—No es un poltergeist lo que buscamos —respondió en tono cortante.
Se oyó un resoplido a través del intercomunicador.
—¿Por qué los británicos tenéis tan poco sentido del humor?
—Lo tenemos, pero no tan explicito y exagerado como el vuestro.
—Perdona, olvidaba lo refinados que sois los británicos… —dijo la voz de Martin con sarcasmo.
—Y yo olvidaba que, la mayoría de las veces, los americanos habláis solo porque tenéis boca —gruñó el auror—… ¡Atento! —advirtió a continuación.
El hombre al que seguían dio un brusco giro hacia el interior de un callejón, y el lazo del hechizo de seguimiento que el auror le había lanzado tiró de él.
—Ahí vamos… —susurró. Y se apareció siguiendo ese lazo.
Emergió en otro callejón donde el aire olía a basura mojada y a pizza. Un grupo de cuatro hombres, al que se había unido el que habían estado siguiendo, rodeaba a una criatura que estaba sentada en el suelo junto a lo que parecía un montoncito de sal. Era un trasgo.
A diferencia de lo plasmado en cierta literatura muggle, el trasgo era un duende doméstico originario del norte de España, caracterizado por ser una criatura pequeña y traviesa que habitaba en las casas y en los bosques. Solía ir vestido con un gorro rojo —y en este punto no había que confundirlo con el Gorro Rojo, originario del norte de Europa, que asesinaba a cualquier viajero que se perdía en su territorio y teñía su gorro con su sangre—, y una camisa también roja. Los trasgos solían ser cojos de una pierna y tenían un agujero en la palma de la mano izquierda. Les gustaba gastar bromas, como cambiar objetos de sitio, hacer ruido o desatar cordones de zapatos. Pero también se creía que podían dar protección al hogar, si se los trataba bien. La única manera de atrapar a un trasgo era con astucia y pruebas imposibles, como volcar un cuenco de sal y pedirle que recogiera uno a uno los minúsculos granos, que siempre se escapaban por el agujero de su mano.
Seguramente, los trasgos habían viajado hasta el continente americano con los primeros europeos que se habían asentado allí. Y, ahora, se había puesto de moda traficar con esas criaturas y venderlas a magos y brujas acaudalados, muy snobs, para esclavizarlos como a elfos domésticos y tenerlos para su propio entretenimiento y diversión.
Solo había que volcar un cuenco de sal o un bol de arroz para atraer a un trasgo, como probablemente había sucedido con el que estaba allí esa noche, quien seguramente habitaba en una de las casas cercanas.
—Buenas noches, caballeros —saludó el auror, sacando la Varita con la misma naturalidad con la que otros sacarían su tarjeta de crédito—. ¿Interrumpo su reunión?
El hombre al que había estado siguiendo, el que creían que era el líder de la banda, se giró hacia él, con su propia varita en la mano.
—¿Y tú quién eres? ¿Un turista con complejo de héroe?
Sus compinches se rieron, y pensaron que aquel iluso que se había metido donde no debía, saldría escaldado de su atrevimiento. Ninguno reparó en la insignia prendida en la solapa de su gabardina. El auror suspiró. Su acento británico siempre le señalaba como extranjero en un primer momento.
—Soy el tipo que va a hacer que esta noche termine en papeleo —respondió.
Y con un giro de muñeca, el callejón se llenó de luz y del sonido inconfundible de un hechizo de contención federal.
El resplandor del hechizo aún vibraba en el aire cuando Martin y tres aurores más se aparecieron en el callejón, con sus insignias brillando bajo la lluvia, y un par de empleados del Cuerpo de Protección de las Especies Mágicas, para hacerse cargo del trasgo. Éste, concentrado en su inútil tarea, ignoraba a todo el mundo, mientras los cinco detenidos mascullaban insultos entre dientes.
Después de tres años, Harry Potter todavía no se acostumbraba a entrar en el MACUSA a través de una puerta giratoria ultrarrápida en lugar de una chimenea o una cabina telefónica. El ministerio norteamericano estaba ubicado en el Edificio Woolworth, un rascacielos de 60 pisos en Broadway, en el distrito de Manhattan. El edificio albergaba tanto a nomajs, como eran conocidas las personas no mágicas allí, como a magos. La única marca exterior de la ubicación del MACUSA era una lechuza tallada sobre la entrada, en la que los magos agitaban sus varitas para poder acceder a la parte mágica del edificio.
El ministerio norteamericano estaba diseñado a lo grande, como todo en aquel país. El inmenso vestíbulo al que daba paso la puerta giratoria estaba brillantemente iluminado, con un techo estilo catedral que alcanzaba casi los doscientos trece metros de altura. Y después estaba ese reloj mágico monumental, que mostraba advertencias sobre amenazas, niveles de seguridad y posibles brechas en el Estatuto Internacional del Secreto. Todo era demasiado aparatoso en opinión de Harry. Opinión que prudentemente se guardaba.
El grupo de aurores atravesó el vestíbulo con los detenidos, dejando atrás el persistente sonido de la lluvia, que se había intensificado. Harry sentía su gabardina pesada, empapada, y el sombrero que ahora llevaba en la mano iba dejando un reguero líquido, acompañando las húmedas pisadas de todos sobre el brillante suelo de mármol. El cansancio se filtraba en su cuerpo con la misma obstinación que la humedad lo hacía en sus ropas. El agotamiento no era sólo físico, sino que se había convertido en un estado de ánimo. Demasiados callejones oscuros, demasiadas noches esperando agazapado en las sombras, demasiado de la miseria humana, de su mezquindad y su maldad. A menudo, tenía la sensación de estar intentando vaciar el océano con una cuchara. Y, sin embargo, seguía. Tal vez, porque no sabía hacer otra cosa. Quizás, había demasiada lluvia en su propio corazón.
—¿En tu casa después? —le susurró Martin, poniéndose a su lado.
Harry no respondió. Solo se permitió un leve gesto, antes de regresar la mirada hacia los detenidos.
Los cinco delincuentes fueron conducidos a distintas salas de interrogatorio, mientras el trasgo, siguiendo con los ojos anhelantes al funcionario que llevaba el cuenco de sal en las manos, fue trasladado al área especializada para criaturas mágicas.
—Buenas noches, caballeros.
La jefa de Seguridad Mágica, Emily Jones, una bruja de cabello plateado recogido en un moño impecable, los recibió con una sonrisa que no le llegaba a los ojos. Ojos que casi inmediatamente se posaron sobre Harry.
—¿Intentando, de nuevo, que el Departamento de Desinformación Nomaj, trabaje horas extras, señor Potter?
Harry arqueó una ceja mientras desviaba unos segundos la mirada hacia su jefe directo, Elías Hernández, quien tampoco parecía muy contento.
—Ha sido un simple hechizo de contención —respondió.
—Que se ha visto desde cuatro manzanas —La bruja sostuvo su mirada un instante, antes de soltar un leve suspiro—. Nueva York ya tiene suficientes fanáticos de lo paranormal como para que añadamos luces inexplicables en los callejones, Potter.
Harry cerró los ojos un segundo, resignado, pero asintió, aceptando la reprimenda. La noche apenas empezaba y ya podía sentir el peso de los informes y los interminables interrogatorios que le aguardaban. Sin embargo, apenas media hora después, cuando ni siquiera habían empezado a interrogar al primer detenido, sus intercomunicadores sonaron convocándolos en el Departamento de Investigaciones Mayores.
El Departamento de Investigaciones Mayores no era más que una gran sala de reuniones para discutir investigaciones en curso. O, como Harry no había tardado en descubrir, para tirarse los trastos a la cabeza entre departamentos. Cuando Martin y él llegaron, se encontraron allí con la jefa de Seguridad Mágica, que los esperaba con dos altos cargos del ministerio. Uno era un hombre corpulento, cuya túnica estaba llena de insignias doradas, y era el jefe del Cuerpo de Protección de las Especies Mágicas; el otro, un mago de aspecto impecable, con sonrisa de abogado y ojos calculadores, pertenecía al Comité de Comercio Internacional de Artefactos y Criaturas. Tanto Harry como Martin notaron la tensión en el ambiente en cuanto cruzaron la puerta.
—Este caso debería ser competencia de mi departamento —estaba diciendo en ese momento el hombre corpulento, que se llamaba Maverick, golpeando la mesa con un puño—. Los trasgos son criaturas mágicas, no mercancía.
El del Comité de Comercio sonrió con frialdad.
—Con todo respeto, colega, cuando esas criaturas se trafican como bienes de lujo, entran en mi jurisdicción. No podemos ignorar el aspecto económico.
Harry estuvo tentado a poner los ojos en blanco. ¡Políticos! Él y su compañero se habían quedado de pie, esperando a que alguien les dijera por qué era necesaria su presencia allí. La jefa de Seguridad Mágica levantó una mano para imponer silencio.
—Lo que no podemos permitir, caballeros, es que estas disputas internas entorpezcan la investigación. Hay rumores de que algunos de nuestros propios funcionarios han facilitado el tráfico de trasgos. Si eso se confirma, no será solo un problema de jurisdicción, sino de corrupción.
El ambiente en la gran sala cambió. El mago corpulento se removió incómodo; el del Comité de Comercio mantuvo la sonrisa, pero sus ojos se oscurecieron.
—Por mi experiencia —continuó Jones con calma—, cuando los criminales prosperan es porque alguien dentro del sistema les abre la puerta. Quizá deberíamos preguntarnos quién se beneficia de que los trasgos se vendan como trofeos.
El silencio que siguió fue más revelador que cualquier respuesta. La jefa de Seguridad Mágica dirigió entonces la mirada hacia los dos aurores, que aguardaban en silencio.
—A partir de ahora, cualquier resultado de su investigación me lo reportarán directamente a mí. Y tampoco hablarán con nadie de ello. Ni siquiera con su jefe directo. ¿Queda claro?
—Sí, señora —respondieron ambos.
—Pueden retirarse.
Los dos aurores abandonaron el Departamento de Investigaciones Mayores, aliviados de poder irse de allí.
—Esto no me gusta —masculló Martin en cuanto cerraron la puerta— ¿Crees que nos ha llamado por lo mismo que yo creo?
Harry apretó los labios, y asintió.
—Una manera muy discreta de decirnos que vigilemos a esos dos —respondió. Y añadió, cansado—. Hoy no veo el momento de marcharme a casa…