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—¿Sigue aquí? —preguntó Martin.

Harry le dio un sorbo a su taza de café e hizo una pequeña mueca. El café de la cafetería del ministerio era malísimo. Pero había desistido en pedir té porque lo único que conseguía eran ridículas bromas sobre los ingleses y la hora del té. Martin se bebía ese café como si fuera agua.

—Sí, sigue aquí —respondió Harry escuetamente.

Ambos se habían tomado cinco minutos antes de salir a la calle para seguir algunos indicios que tenían sobre su caso de los trasgos. Seguía lloviendo. Estaban teniendo un octubre pésimo para la gente que tenía que trabajar en la calle. Incapaz de mantenerse callado mucho tiempo, Martin rompió nuevamente el silencio en el que Harry insistía en encerrarse desde que el otro británico había llegado.

—Y… ¿erais muy… cercanos? —una pregunta inocente que hurgó, sin pretenderlo, un poco más en la herida.

Harry dejó que su mirada se hundiera en el fondo de la taza, como si allí pudiera encontrar una respuesta fácil a una pregunta muy difícil.

—Desde la escuela —respondió—. Después —el suspiro fue más largo que la frase—… todo se torció.

Martin chasqueó la lengua, ligero, como quien habla de un tropiezo común.

—Suele pasar. Yo salí con un tipo que a los dos meses pensaba que iba a casarme con él. ¡Como si eso fuera posible! —se rio.

Y su risa fue clara y despreocupada. Pero Harry no se rio. Él sí se habría casado con Draco. Casado o unido a él con cualquier ritual que sirviera para crear un vínculo que el mundo mágico pudiera reconocer. Lo habría hecho sin dudar. Y esa certeza le amargó más que el rancio café que aún quedaba en su taza.

Esa tarde Harry volvió temprano a casa. La pista que Martin y él habían seguido los había llevado a otro callejón sin salida. Y, muy a su pesar, Harry tenía que reconocer que no lograba concentrarse demasiado desde que Draco había llegado a Nueva York.

En cuanto se apareció en el loft, oyó el inconfundible sonido del móvil que le había obligado a comprarse Hermione hacía un año, aproximadamente. Estaba cansada de escribirle y que él solo le respondiera una de cada cinco cartas.

—Hola, Hermione…

Ya podrías responder en un tono más alegre —le recriminó ella. Y añadió, para que su amigo fuera consciente del sacrificio que hacía por él—: Aquí son las diez y media de la noche.

—Y, ¿por qué no estás durmiendo todavía? —preguntó Harry con un poco de sorna.

Porque, como siempre te dejas el maldito móvil en tu loft, tengo que llamarte a estas horas —le respondió ella, molesta.

—No puedo llevarme el móvil al trabajo, Hermione, te lo he dicho mil veces.

Lo sé, lo sé

Hubo un silencio en la línea que puso a Harry en guardia.

¿Draco está contigo?

Harry frunció el ceño.

—¿Y tú cómo sabes que Draco está en Nueva York?

—Porque me lo dijo.

Harry guardó silencio.

¿Harry?

—Sí, sigo aquí.

¿Vas a darle una oportunidad? —preguntó Hermione, ya sin paños calientes.

—Que yo sepa, solo ha venido de parte de Kings para saber cuándo vuelvo.

Cuando Harry había pedido extender su periodo de intercambio, Robards se lo había concedido encantado. Pero el ministro no había estado tan contento. Sin embargo, Kingsley sabía, al igual que los íntimos de Harry, que éste sólo volvería si tenía a alguien por quien volver. Y que seguiría retrasando su regreso hasta que no tuviera más remedio que hacer su baúl y volver a Inglaterra. Y los americanos, de momento, no parecían tener inconveniente en que Harry siguiera trabajando para el MACUSA.

Pero sabes que eso solo es una excusa, ¿verdad?

Harry guardó silencio de nuevo.

Deberíais hablar sobre… todo lo que sucedió —dijo Hermione—. Yo creo que mucha culpa fue de su madre. Él estaba muy vulnerable y ella se aprovechó.

—A mí no me importaba su aspecto…

Pero a él sí —Hermione suspiró—. Harry, entiende que Draco ha dado el paso cuando se ha sentido seguro de sí mismo. Cuando ha podido enfrentarse al mundo y no retroceder.

—Es que ahora sois amigos, ¿o qué? —preguntó, molesto.

No, no somos amigos, pero hablamos de vez en cuando —ella suspiró—. Ha viajado hasta aquí por ti, Harry, debería serte obvio.

—No sé, Hermione… —Harry no quería tener esta conversación. Ni con ella ni con nadie.

Prométeme que hablaréis —insistió ella—. No digo que tengas que volver con él. Solo que sería sano para ambos aclarar las cosas. Si después decidís que es mejor que cada uno siga con su vida, es cosa vuestra.

—De acuerdo.

¿Me lo prometes? —insistió Hermione.

—Te lo prometo —respondió Harry a regañadientes, para que ella colgara de una vez.

Pero Hermione pareció feliz de oírle decirlo.

Ron te manda recuerdos.

—Dale un abrazo de mi parte.

Harry se dejó caer en el que Draco consideraba un incómodo y feo sofá, y estuvo ahí sentado mucho tiempo, recordando, añorando. También reprochando. Sin saber qué hacer.

A las siete de la tarde llamaron a la puerta. Harry ya sabía que era Draco incluso antes de abrir. Solía presentarse en el loft sobre esa hora para invitarle a cenar o con cualquier otra excusa. Esta vez, iba cargado con dos bolsas de comida de Russ & Daughters, una tienda de comida gourmet para llevar que Harry jamás había pisado. Para ser un mago que nunca se había interesado por el mundo muggle, estaba demostrando una gran capacidad de integración.

Draco dejó las dos bolsas sobre la barra de la cocina y empezó a sacar lo que había dentro.

—Traigo sopa de pollo, porque hoy hace un día bastante frío, huevos pochados con salmón ahumado y un salteado de espinacas con salsa holandesa, y… —extrajo triunfalmente un último envase de plástico— ¡tarta de queso con crujiente de caramelo! Y un vino blanco con el que vas a alucinar —le tendió la botella a Harry—. Métela en la nevera, por favor. Para que no gane temperatura mientras preparamos todo esto.

Harry siguió obedientemente todas las indicaciones de Draco, sin decir esta boca es mía. La mayor parte del tiempo, Draco se comportaba como si su relación no hubiera terminado tres años atrás. Mejor, incluso, porque jamás le había visto involucrarse de una manera tan doméstica en su convivencia. En la poca que habían tenido, intervenida casi siempre por Narcisa. Draco funcionaba a través de elfos domésticos para todo. Dudaba de que se hubiera hecho la cama en su vida o siquiera se hubiera preparado un té.

—No tienes chimenea —le hizo notar Draco—… ¿cómo te calientas aquí?

—¿Tienes frio?

—Un poco…

Harry se dirigió al pequeño panel junto a la puerta de entrada que ponía en marcha la calefacción, entre otras cosas. Draco le miró con curiosidad.

—¿Y ya está?

Harry señaló los radiadores repartidos por todo el loft.

—Ahora se calentarán y verás como dentro de poco ya no tienes frío.

—Curioso —después sonrió—… ¿Comemos?

Se sentaron a la barra de la cocina, donde Harry ya había puesto platos y cubiertos.

—¿No tienes copas para el vino? —preguntó Draco, desaprobando los dos vasos que Harry había dejado sobre la barra.

Harry le miró con expresión burlona.

—No suelo beber vino. Y pocas veces como aquí. Da gracias que tengo platos y cubiertos.

Empezaron a comer en silencio. Un silencio un poco incómodo.

—Mmm… está muy buena —decidió alabar Harry para romperlo, refiriéndose a la sopa.

Draco asintió y sirvió el vino en esos horrorosos vasos. Un vino tan caro, se lamentó. Sus brazos estaban tan próximos el uno del otro, que Draco solo habría tenido que mover el suyo un centímetro para rozar el de Harry. Pero podía sentir, casi físicamente, la invisible barrera que los separaba. Y no sabía cómo derribarla. Harry no le estaba dando facilidades. Mantenía su protego firme, su escudo impenetrable. Le mostraba una amabilidad distante, un interés comedido, como si esperara que se marchara pronto y dejara de inmiscuirse en su vida. Draco no sabía cómo se tomaría el trato que había cerrado esa misma tarde.

—¿Trabajas mañana? —preguntó.

—Sí, ¿por qué?

—Porque he pensado que podríamos mirar algunos muebles. He estado paseando por ahí y he encontrado una tienda que me gusta.

Harry dejó escapar un suspiro, porque parecía que Draco no entendía el concepto “alquiler”.

—Ya te dije que solo estoy de alquiler.

—Ya no —respondió Draco, tratando de dar a su respuesta una calma que no sentía—. He comprado… esto —extendió las manos a su alrededor—…  lo que sea.

Harry soltó la cuchara tan de repente que la sopa le salpicó.

—¿Que has hecho qué?

—Lo considero una inversión. Además, ahora ya no tienes que pagar por vivir aquí.

LA DOMUS DE LIVIA
©Mayo 2015 by Livia

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