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Si te Atreves...
by Livia

Sus bocas se unen de nuevo, esta vez sin el apremio que los había llevado a culminar tan pronto, antes. Draco besa tan bien… Harry se derrite en su boca. Y ese hueco entre sus brazos es el mejor lugar del mundo. Aparte de ser ese maravilloso hombre que había descubierto en el cuaderno, a Harry también le gusta que, a veces, asome un poquito de ese Draco de la escuela, un poco presuntuoso, un poco irónico, un poco presumido, porque en esos momentos Harry se da cuenta de que Draco se ha liberado de la mansedumbre en la que le había sumido su relación con Astoria. De que ahora es él mismo. Pero mejorado. Muy, muy mejorado. Y es suyo. Después de todo, sí había en alguna parte una persona hecha justo para él.

Harry interrumpe el beso solo para preguntar:

—Todavía no me has contado cómo has acabado aquí.

Draco deja escapar un pequeño bufido.

—Te me estás distrayendo, Potter…

Y se inclina para besarle de nuevo, pero Harry se aparta un poco.

—Venga… me mata la curiosidad…

Draco suspira dramáticamente antes de proceder con su explicación.

—Pues, cuando me estaba entrevistando con McGonagall me preguntó, sin venir a cuento: ¿usted no hablará búlgaro, por casualidad? —Draco hace una vocecita bastante graciosa, como si tratara de imitarla, y Harry se ríe—. Y yo respondí: pues da la casualidad de que sí, aunque lo tengo un poco oxidado ahora mismo. Y ella dijo: tengo a uno de nuestros profesores en Durmstrang y necesitaría un buen traductor, porque no habla búlgaro. ¿Le interesa? Y comprendí que no podía ser otro que tú. Así que le juré que le quitaría el óxido a mi búlgaro en menos de lo que se tarda en decir ¡quidditch! Y aquí estoy.

—¡Que haría yo sin ti!

—Congelarte en este maldito sitio al que mi padre no logró enviarme gracias a mi bendita madre. ¡Y aquí me tienes, a pesar de todo! Por cierto, Granger me ha cargado con un montón de túnicas mucho más gruesas de las que te llevaste, para que no pases frío —Draco pone los ojos en blanco—. Parece pensar que soy su recadero…

Harry le echa los brazos al cuello y le besa profunda y apasionadamente. Y ya no le importa pasar seis meses en Durmstrang, que el 30 de junio quede todavía muy lejos o que añore su bonito y cómodo hogar en Hogsmeade. Porque ahora, su hogar está donde esté Draco. Y Draco se las ha ingeniado para estar aquí, con él.

 

o.o.o.O.o.o.o

Algunos meses después...

McGonagall ha accedido a que se alojen los dos en las mismas habitaciones un poco a regañadientes. Draco, como buen Slytherin, ha dejado que fuera Harry quien se la camelara y consiguiera de su antigua Jefa de Casa el necesario permiso, a condición de que no exhibieran ningún comportamiento de tipo amoroso en público. Prohibidos besos y toqueteos. Ni siquiera darse la mano cuando haya alumnos alrededor. Pasarán los fines de semana, siempre que puedan, en el cottage de Harry, mucho más íntimo y cómodo. Draco ya ha integrado una habitación adicional donde ha instalado toda su biblioteca. Y un vestidor junto al dormitorio, donde almacenar su enorme vestuario porque en el armario de Harry no cabía. La parte desagradable del asunto es que Lucius ha amenazado con desheredarle, pero Draco confía en que su madre, si logró que no le enviara a Durmstrang, logrará que su padre no modifique el testamento. No tiene otro heredero, de todas formas. Y, si se lo piensa bien, le importa un rábano. ¡Ahora tiene trabajo! Y el trabajo dignifica, según Granger. Esa bruja dice cada cosa… Pero siempre contará con su agradecimiento por ser la inspiradora del cuaderno.

El día anterior, durante el banquete de bienvenida, Draco no podía dejar de sonreír. Cuando McGonagall le presentó como el nuevo profesor de Pociones y los alumnos le aplaudieron, se emocionó mucho, cosa que solo le reconoció a Harry después en privado. Incluso el Barón Sanguinario le dio una calurosa bienvenida. Le sobrevinieron tantos recuerdos… Buenos recuerdos. Los malos los ha encerrado en un baúl bajo siete llaves y las ha tirado todas. Después, no se acostaron muy tarde, pero estuvieron hablando con Harry en la cama hasta las tantas, incapaz de dormirse, rememorando su propio banquete de bienvenida y como se sintieron aquellos primeros días a sus tiernos once años, cuando todo era nuevo y alucinante. Para Harry, claro está, quien acababa de descubrir que era mago. Después de todo, él era un Malfoy.

En consecuencia, esta mañana cuando ha sonado el despertador los dos han tenido que hacer un gran esfuerzo para levantarse. Se han duchado juntos, lo cual ha dado lugar a una rápida sesión de sexo que ha servido para relajar los nervios.

—No dejes que te intimiden el primer día —aconseja Harry mientras se visten—. Yo estaba muy nervioso. Lo estoy incluso ahora —reconoce—. Pero se pasa en seguida. Si impones tus normas el primer día, no tendrás ningún problema. Bueno, tampoco se trata de portarse como un ogro, lo que quiero decir…

—Sé lo que quieres decir —le ataja Draco con un beso—. Y sí, reconozco que estoy un poco nervioso. Pero no mucho. Sabes que me encanta presumir de todo lo que sé…

Harry suelta una pequeña carcajada, mientras se pone los zapatos.

—Además, aprendí mucho de ti en Durmstrang —reconoce, halagador, consiguiendo que Harry se levante de la cama, ya calzado, y le bese.

—¿Vas a ponerte esa túnica? —pregunta después Harry.

Sobre un traje gris impoluto, corbata incluida, Draco viste una túnica negra formal, cuya parte trasera es un poco más larga. Harry no se ha atrevido a decirle nada sobre el traje, ya se dará cuenta de que no es muy cómodo para dar clase. Pero es que la túnica es demasiado seria para él.

—Parece una de esas túnicas que llevaba Snape —se atreve a insinuar.

Draco le dirige una mirada ofendida, tratando así de ocultar su turbación.

—¡Por favor! Es una túnica de diseño, esta y las otras dos que me he hecho hacer a medida. Y me han costado una pequeña fortuna.

Harry opta por callarse y repasar su propio atuendo: unos pantalones de lanilla marrones, una camisa azul celeste y un jersey azul marino. Y un complemento que ha deslizado debajo de su jersey sin que Draco se diera cuenta. Aunque estén a principios de setiembre, en Escocia hace fresco a primera hora de la mañana. Y en un castillo lleno de corrientes de aire todavía más. A media mañana, seguramente habrá olvidado el jersey en alguna de las clases y por eso siempre les pone un hechizo de localización.

—¿Quieres asustarlos? —pregunta después Harry, mientras caminan en dirección al Gran Comedor para desayunar.

—No, que va —responde Draco rápidamente—. Espero inspirar respeto, Harry.

—Ah, pues me parece bien…

—¿Verdad?

—Totalmente…

Se sientan a la mesa de los profesores para desayunar, y como es su costumbre, Harry lo hace junto a Neville, que es profesor de Herbología desde hace unos cuantos años —y desde hace tres, Jefe de la Casa de Gryffindor— mucho antes de que él mismo se incorporara al cuadro docente de Hogwarts. Draco se había comportado muy amablemente con él la noche anterior, y por la conversación que entablan enseguida esta mañana, a Harry le tranquiliza comprobar que va a haber una buena relación entre ellos. Después de todo, los tres tienen la misma edad y son los profesores más jóvenes de Hogwarts. Tienen que apoyarse.

—Me gustaría poder desearte un buen primer día con un gran beso y un achuchón —susurra Harry cuando salen del Gran Comedor para dirigirse a sus primeras clases—. Pero McGonagall me mataría —termina con cara de pena.

—No te preocupes, amor mío…

A Harry se le eriza todo al oír ese amor mío, Draco nunca le ha llamado así.

—…esta noche tendremos tiempo de contarnos cómo nos ha ido.

Le dedica a Harry una sonrisa brillante y se dirige después con paso firme hacia las mazmorras, donde está la clase de Pociones. Harry espera apenas unos momentos y, después, ejecuta discretamente sobre sí mismo un hechizo desilusionador que le permite ponerse la capa de invisibilidad sin que nadie lo note. A continuación, sale a la carrera en pos de Draco, sorteando alumnos por el pasillo. No quiere llegar tarde a su propia primera clase, pero por nada del mundo piensa perderse el primer instante de Draco como profesor.

Harry se detiene a cierta distancia de la mazmorra, para que Draco no le oiga resoplar. El profesor de Pociones está parado delante de la puerta de su clase, y parece tener los ojos cerrados, con la cabeza un poco inclinada sobre su pecho, como si estuiera intensamente concentrado. Harry sonríe. Draco está mucho más nervioso de lo que ha querido reconocer. Se acerca despacio, silenciosamente, porque, al contrario que el elegante calzado italiano de su pareja, sus deportivas no hacen ruido alguno sobre el suelo de piedra. Y, entonces, Draco levanta la cabeza, con una expresión de absoluta determinación en el rostro, y empuja la puerta para entrar en la mazmorra, con un revuelo de túnica que deja a Harry con la boca abierta. Apenas tiene tiempo de poner el pie para que la puerta no se cierre completamente y poder espiar esos primeros momentos de su amado como profesor, con un cosquilleo en el estómago que le hace pensar que está tontamente más nervioso que el propio Draco.

—Estáis aquí para entender la sutil ciencia y exacto arte de hacer pociones —la voz de Draco, sin apenas esforzarse, retumba alta y clara por toda la clase—. Aquí habrá muy poco de estúpidos movimientos de varita y muchos de vosotros dudaréis de que esto sea magia…

Harry apenas musita un Merlín bendito con los ojos como platos, mientras sigue el deambular de Draco entre los pupitres.

—No espero que logréis entender la belleza de un caldero hirviendo suavemente, con sus vapores relucientes, el delicado poder de los líquidos que se deslizan a través de las venas humanas, hechizando la mente, engañando los sentidos…

¿Está imitando a Snape?

—Puedo enseñaros cómo embotellar la fama, preparar la gloria, hasta detener la muerte…

¡Está imitando a Snape!

—…si sois algo más que los alcornoques que presupongo que sois.

Con otro magistral revuelo de túnica, Draco se dirige al frente de la clase.

Dios nos ayude, he creado un monstruo, piensa Harry negando con la cabeza, pero sin poder dejar de sonreír. Ahora está muy claro porqué se ha comprado esas túnicas. Son su muleta. Igual que para Harry lo son sus gafas, que siempre toquetea para darse tiempo a responder una pregunta difícil o para enfocar un tema complicado.

—Vamos a empezar con una poción muy sencilla para curar forúnculos —está diciendo en ese momento Draco.

Y a pesar de que se quedaría hasta el final de la clase observando embelesado a Draco, Harry se da cuenta de que tiene que salir como alma que lleva el diablo hacia la suya tras consultar su reloj. No queda muy bien llegar tarde a su primera clase el primer día de curso. Y emprende una nueva carrera en dirección al aula de Defensa contra las Artes Oscuras, que se encuentra en el tercer piso. Y no puede dejar de sonreír durante todo el camino.

 

FIN

LA DOMUS DE LIVIA
©Mayo 2015 by Livia

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