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La Nueva Domus de
Livia
Si te Atreves...
by Livia
—Yo estoy listo, si tú lo estás… —musita Harry.
Draco asiente vigorosamente y Harry apoya las manos sobre su pecho y empieza moverse. Al principio, muy despacio, arrancando un necesitado jadeo de Draco cada vez que su pene se desliza dentro del acogedor cuerpo de su compañero. Pero después, los movimientos de Harry empiezan a ser un poco más rápidos y algo más bruscos, dejándose caer sin tanto cuidado. Draco siente la necesidad de agarrarle por las caderas y ayudarle a subir y bajar cada vez más de prisa, hasta que la sensación es tan abrumadora, el culo de Harry apretando a conciencia su pene cada vez que se desliza dentro de él, que finalmente se derrama con un grito que le parece imposible que haya podido emitir él. Harry se deja caer sobre su pecho, resollando, mientras el pene de Draco se desliza, ya flojo, de su interior. Sin menospreciar las veces que se ha corrido con Astoria, nunca, jamás, tendrán punto de comparación con la que acaba de experimentar con Harry.
Más tarde, todavía desnudos y sentados sobre la dura colchoneta, tan hambrientos como sedientos, comen pizza, tarta con queso fundido y canapés acompañados por la carísima botella de champagne francés. Y brindan por el Nuevo Año, que esperan empezar tan bien como ha acabado el anterior.
o.o.o.O.o.o.o
Harry había cogido un traslador a Bulgaria una semana después de Año Nuevo, y se había disculpado, sin sentir remordimiento alguno, con el Director de Durmstrang por la inoportuna gripe que le había obligado a aplazar el viaje.
Sin embargo, el primer día de clase, había surgido el primer inconveniente: él no hablaba búlgaro y pocos de sus alumnos eran capaces de seguirle en inglés. Por lo visto, nadie había caído en ese pequeño, pequeñísimo detalle. Ni decir tiene que los libros de texto de sus alumnos estaban en búlgaro, así como el que le habían entregado a él para que siguiera con el programa del profesor de la materia. El hechizo traductor que utilizaba ralentizaba todo el proceso de aprendizaje, especialmente en las demostraciones prácticas, y al terminar la primera semana Harry estaba por coger sus baúles y volver a casa. Se pusiera como se pusiera el Ministro de Magia. Sin embargo, pasado el primer pronto, y aunque sabía que ella no tenía la culpa, llamó por red flu a McGonagall para desahogar su impotencia.
—Dame un par de días, Harry —le había respondido ella—. Tal vez pueda solucionarlo…
Y Harry, verdaderamente, esperaba que la solución fuera que le mandaran de regreso a Hogwarts. Y a los brazos de cierto rubio que añoraba con toda su alma.
El comedor de Durmstrang es ciertamente deprimente, mucho más grande que el de Hogwarts, y mucho más frío también. De hecho, el interior de la escuela es un témpano de hielo y Harry asiste a sus clases con bufanda y guantes, bajo la mirada un poco burlona de sus alumnos, ellos sí, habituados a este clima. Al contrario que en Hogwarts, los profesores se reparten en pequeñas mesas redondas para cuatro personas, colocadas al final del comedor, delante de un gran tapiz que muestra una sangrienta batalla entre un basilisco y varios magos ataviados con negras vestiduras, que cubrían sus cabezas con capuchas igualmente negras, armados con largas lanzas. La primera vez que lo vio, aparte de considerar que no era una escena apta para un comedor, Harry pensó que, tal vez, el basilisco no pudiera petrificarlos porque los ojos de los magos estaban aparentemente protegidos por las capuchas. ¿Pero cómo se suponía que luchaban contra él, precisamente, si no podían verlo, sin utilizar ni siquiera un espejo? Las mesas de los alumnos son igualmente redondas, pero Harry había contado que cabían entre diez y doce alumnos en cada una.
Hay dos o tres profesores que son capaces de mantener una conversación con él y, como deferencia, suelen sentarse a su mesa. En general, tanto profesores como alumnos le miran con respeto. Es Harry Potter. Había acabado con Voldemort. Y parece que están bastante contentos de tenerle allí, a pesar de las dificultades del idioma. Mucho más contentos de lo que lo está él, sin lugar a dudas.
Así que, esta mañana, lunes de su tercera semana en Durmstrang, Harry se encuentra en el comedor desayunando mientras mantiene una conversación bastante fluida con el profesor Angelov, de Transformaciones y el profesor Cvetkov, de Pociones, cuando el Director de Durmstrang, Evgeni Grigorov, se acerca a su mesa con algo parecido a una sonrisa en su rostro. Es un hombre adusto, de maneras bruscas, que pone bastante nervioso a Harry.
—Buenas noticias para usted, profesor Potter —anuncia con su fuerte acento búlgaro—. Envían un traductor desde Londres que le ayudará en sus clases. Llegará mañana.
Harry abre la boca, sorprendido, porque había pasado una semana desde el “par de días” que le había dicho McGonagall y ya no contaba con conseguir volver a casa antes de lo previsto. De hecho, que envíen a un traductor significa que tendrá que aguantarse hasta el treinta de junio, cuando terminen las clases. Intenta componer una expresión complacida, mientras maldice interiormente al Ministerio. Termina su desayuno, que como cada mañana consiste en rebanadas de pan sobre las que se extiende una mezcla de huevo, queso y carne picada —aunque, por lo visto, ésta última era opcional, pero pocas veces faltaba—, que se hornean hasta que el queso quedaba dorado. Llaman a estas rebanadas princesas. Es de las pocas cosas que a Harry le gustan de Bulgaria. Desanimado, se dirige a su primera clase, que esta mañana es con los de tercer curso. Seguramente, al día siguiente la comunicación con sus alumnos será mucho más fluida gracias al traductor que envía el Ministerio. ¡Maldito sea el Ministerio!
Esa noche, antes de acostarse, le escribe otra larga carta a Draco.
Al día siguiente, Harry empieza su primera clase sin noticias del traductor, todavía. En realidad, Grigorov había dicho que llegaba hoy, pero no a qué hora. Después de comer, ya sin pensar en él, Harry se dirige al despacho que le han asignado para recoger un libro que quiere utilizar con los alumnos de séptimo. Pero, a medio camino, recuerda que lo tiene en su habitación, porque estuvo repasándolo la noche anterior. Desanda lo andado y, cuando llega a su habitación, observa sorprendido que su cama de matrimonio se ha convertido en dos camas individuales y que, a los pies de una de ellas, hay un baúl junto a dos bolsas de viaje. ¿Acaso piensan alojar a ese traductor con él? ¡No está dispuesto a aceptar tamaña desconsideración! Enojado, recoge el libro del escritorio y sale de la habitación hecho un basilisco, dispuesto a discutir con Grigorov y hasta con el mismísimo Ministro de Magia búlgaro, si hace falta, esta maleducada invasión de su intimidad. ¡Lo que le faltaba!
Harry llega a su clase de un humor de perros, tratando de controlarse solamente por el bien de sus alumnos. Deja caer el libro sobre la mesa de forma brusca y agita la varita sobre la página que había señalado para traducirla. De pronto, la puerta se abre y Harry deja escapar un bufido. Si es un alumno rezagado, y aunque no es su costumbre, hoy se va a llevar un castigo ejemplar. Pero no lo es.
—Dobŭr den, kandidati za izvŭnredno znavie po Zashtita sreshtu Chernite Izkustva! —el tono es un poco irónico—. Kazvam se Drako Malfoĭ i ot sega natatŭk shte bŭda asistent na profesor Potŭr[1].
Harry observa al recién llegado como si fuera una alucinación, parpadeando varias veces, como si tratara de hacerla desaparecer para volver a la realidad. Pero Draco le devuelve una sonrisa brillante, un poco engreída y muy satisfecha.
—Vuelve en ti, Potter, o van a pensar que lo que le faltaba a tus clases no era precisamente un buen traductor…
Cuando logra recuperar el habla, Harry da unos pasos hacia él y habla en voz muy baja, para que no le oigan sus alumnos, todavía no muy seguro de que sea Draco a quien tiene frente a él.
—¿Tú… hablas… búlgaro?
—Me gusta leer y tengo mucho tiempo libre —responde Draco. Y añade con una sonrisa presuntuosa—: Y después del Torneo de los Tres Magos, me estuve carteando con algunos alumnos de Durmstrang, incluido Krum. Aprendí bastante del idioma. Ahora, solo he tenido que refrescarlo…
Harry traga saliva y se clava las uñas en la palma de la mano para resistirse a la necesidad de lanzarse a besarle.
—Muy bien, empecemos —dice, apartando la mirada de Draco para recuperar su autocontrol y poder volverse hacia la clase con propiedad—. Hoy quiero hablaros sobre los encantamientos de ocultación…
— Profesor Potŭr shte govori s nas dnes za zaklinaniyata za prikrivane…[2]
Draco intenta quitarle la túnica a Harry sin romper el beso, mientras Harry pelea con el botón de los pantalones de Draco en sus prisas por bajárselos. Durante unos momentos, andan quitándose atolondradamente la ropa el uno al otro, muertos de deseo. Finalmente, Harry logra tumbar a Draco sobre una de las camas individuales —ya arreglarán eso después— y mantenerle quieto durante unos momentos mientras devora su boca y acaricia con las manos toda la piel a su alcance. No van a durar mucho, ambos lo saben. Han sido dos clases, una inoportuna visita al despacho de Grigorov después para reiterar su bienvenida a Draco y asegurarse de que Harry está conforme con él, y una larga cena en la que todos los profesores estaban muy interesados en los talentos del recién llegado traductor. Durante tantas horas, ni siquiera han podido tocarse. Apenas se han robado un beso en el pasillo antes de ir al despacho de Grigorov. Ahora, caliente como el infierno, Harry se incorpora a horcajadas sobre Draco y toma las erecciones de ambos en la mano, oprimiéndolas, rozándolas la una contra la otra. Apenas les lleva medio minuto derramarse.
Draco, que ha mantenido los ojos cerrados mientras le golpeaba su orgasmo, los abre y obsequia a Harry con una radiante sonrisa.
—Te he echado de menos.
Harry le sonríe de vuelta mientras busca con la mirada la varita para limpiar su mano pegajosa y el resto del estropicio que ha salpicado el estómago de Draco y sus propios muslos. Cuando lo consigue, se tumba junto a Draco con un suspirito complacido.
—Y, ahora, cuéntame: ¿cómo has acabado aquí?
Draco se vuelve hacia él y enreda sus piernas con las suyas de forma que quedan bien pegados el uno al otro.
—Verás, empecé a pensar que cuando terminaran estos seis largos meses, loco ya de deseo por tu ausencia y con la mano despellejada de tanto machacármela, solo tendríamos el verano para estar juntos, sin interrupciones. Que volverías a Hogwarts cuando empezara el curso y que, probablemente, solo dispondríamos de los fines de semana porque el resto del tiempo estarías muy ocupado.
—Y las vacaciones de Navidad y Pascua… —le recuerda Harry.
—Sí, bueno, pero sigue sin ser suficiente —rebate Draco.
Harry deposita un beso en su nariz y Draco sonríe.
—Entonces, empecé a pensar que, seguramente, en Hogwarts había profesores bastante cerca de la jubilación y que a lo mejor ahí tenía una oportunidad. No es que necesite trabajar, ya lo sabes —dice en tono obvio.
—No, claro… —responde Harry con humor.
—Así que pensé en visitar a McGonagall y preguntar —concluye Draco.
—¿Había un puesto libre en Transformaciones? Se te da tan bien… —no puede evitar burlarse un poquito Harry.
Y, esta vez, recibe una buena nalgada.
—¡Auch!
—Te la merecías. ¡Y estoy hablando en serio!
—Lo sé —Harry besa el mohín que Draco tiene en los labios hasta lograr deshacerlo—. ¿Qué te dijo McGonagall?
Draco le mira unos instantes, llenándose de esos ojos verdes que ahora le miran con cariño.
—Pues que Slughorn, probablemente necesite jubilarse ya. Que le sondearía —Y añade con un poco de renuencia—: Y que el profesor de Transformaciones no le gusta demasiado y está deseando poder deshacerse de él. Aunque no lo dijo con esas palabras.
Harry suelta tal carcajada que casi se ahoga. Draco le lanza una mirada molesta y el profesor aprieta los labios, tratando de contenerse.
—Sería genial que pudiéramos trabajar juntos —dice al fin, cuando lo logra—. A mí no me importa si acabas siendo profesor de Pociones o de Transformaciones. Sé que lo haces para estar conmigo y es la intención lo que me hace tan feliz.
Draco sonríe, porque ese es el punto y, por fin, Harry lo ha comprendido.
—Pero no me gustaría que te atraparas en algo que realmente no te gusta, Draco. Solo si realmente quieres hacerlo, si te motiva hacerlo.
—Estoy muy motivado, créeme —asegura Draco con una sonrisa, ahora depredadora, empezando a frotarse contra él—. Además, así tendré algo en que distraerme mientras tú te distraes con lo tuyo.
[1] ¡Buenas tardes, aspirantes a conseguir un Extraordinario en Defensa Contra las Artes Oscuras! Me llamo Draco Malfoy y voy a ser el asistente del profesor Potter a partir de ahora.
[2] El profesor Potter hoy va a hablarnos sobre los encantamientos de ocultación…