top of page

Si te Atreves...
by Livia

Capítulo IX

Draco ha vuelto varias veces a Flourish and Blotts después de Navidad. Pasea su tristeza y su desencanto por el pasillo de los libros olvidados, llenándose del olor a pergamino, a cuero y a madera vieja. También a polvo. Sin embargo, ahora ningún cuaderno rojo sobresale entre los volúmenes cuyos lomos recorre suavemente con los dedos. Ha tenido bronca con su padre esta mañana, porque ha desaprovechado el regreso de Astoria a Inglaterra para retomar su relación, comprometerse con ella y casarse. Pero está demasiado deprimido para presentar batalla a la altura de lo que su padre se merece. Así que ha optado por huir y perderse en la librería mágica como en tantas otras ocasiones.

Cuando decide abandonar Flourish and Blotts una hora después, con las manos vacías una vez más, una seña de Padma desde el mostrador de Información le detiene. Draco duda unos momentos en acercarse, porque sabe que ella es amiga de Potter. Y es mejor no acercarse a nada ni a nadie relacionado con él, porque todavía duele demasiado. Sin embargo, la insistencia de ella le obliga a tomar la decisión de dirigirse hacia el mostrador.

—Todos los libros están en su sitio, nada que decir… —se adelanta, por si acaso.

A Draco le asombra que la expresión de Padma no sea la habitual, de desagrado y hartura, sino una mucho más amable. La bruja se inclina un poco bajo el mostrador para coger algo y saca el cuaderno rojo, que después le tiende a Draco.

—Yo no te lo he dado —dice.

Y vuelve a sus quehaceres sin pronunciar una palabra más.

Más que sorprendido, Draco abre el cuaderno para leerlo allí mismo.

Querido Draco, ahora puedo decirlo porque por fin sé tu nombre. Hace una semana tenía tanta importancia… Es curioso cómo cambian las cosas en apenas un segundo. En apenas un nombre. Sin embargo, la bendita ignorancia me hizo imaginar que nos conocíamos y vivíamos un bonito romance. Pero tienes razón, no existen los milagros navideños y tampoco tú tienes la culpa. Hoy es Nochevieja y a última hora de la tarde voy a coger un traslador a Bulgaria. Solo quería que supieras que yo también paso página. Dijiste que lo nuestro no funcionaría y debo darte la razón una vez más.  No te acostumbres… Pero, durante una última Navidad, fue bonito creer.

Harry tiene dos baúles abiertos a los pies de la cama, en los que ha ido metiendo ropa en uno, y en el otro todo lo demás que piensa que puede necesitar en Bulgaria, como sus libros de texto o su escoba, entre otras cosas. Hermione le está ayudando a repasar que no se deje nada. Aunque eso es imposible porque le ha hecho una extensa y detallada lista de todo lo que no se puede olvidar y la están punteando por segunda vez. Y Ron le ha prometido que le enviarán cualquier cosa que no esté en la lista de su mujer, si cuando llega a Durmstrang, la echa en falta.

—Quien sabe, tal vez encuentres a tu propio Víctor Krum en Bulgaria, Harry —le anima Ron—. Aunque espero que con un poco más de cerebro… —se burla, a sabiendas de que su mujer está escuchando.

Pero todo el caso que le hace ella es poner los ojos en blanco y seguir punteando.

—Bueno, creo que lo tienes todo, Harry —anuncia mientras éste termina de preparar una pequeña bolsa de mano en la que está metiendo lo imprescindible para cualquier imprevisto en el viaje.

—¡Pues a La Madriguera! —dice alegremente Ron— ¡Mamá ya debe tener la comida hecha!

Harry echa un vistazo a su alrededor, repasando con la mirada su amado hogar.

—Le echaréis un ojo de vez en cuando, ¿verdad? —pregunta, refiriéndose a la casa.

—No te preocupes —le tranquiliza Hermione—. Cuidaremos de tu casa como si fuera la nuestra.

Y mientras su marido se dirige sin perder tiempo a la chimenea para llegar a casa de su madre, Hermione se entretiene un poco y toma del brazo a Harry, para que se detenga unos momentos.

—Siento que no saliera bien, Harry —dice—. Me siento culpable porque lo del cuaderno fue idea mía y tú te hiciste tantas ilusiones…

Pero él la abraza con cariño.

—Tranquila, Herm, no te culpo. Y, como dice Ron, tal vez encuentre a un Víctor Krum en Bulgaria que no sepa quién soy y todo sea mucho más fácil.

Y los dos amigos se dirigen hacia la chimenea por la que Ron ya ha desaparecido.

Draco ha estado tratando de localizar a Greg desde Navidad, sin ningún éxito. En Más Rápida que una Aparición le han dicho que se ha tomado vacaciones durante esta semana y todas las lechuzas que le ha enviado han vuelto con el sobre sin abrir. Incluso se ha presentado en su casa y su madre le ha dado tontas excusas, diciéndole que no está, cuando Draco está seguro de que Greg estaba escuchando toda la conversación desde detrás de la puerta.

Draco ya está suficientemente desanimado después de todo el asunto del cuaderno, como para ahora perder al único amigo capaz de soportarle sin demasiadas quejas. O, más bien, sin ninguna queja. Se siente fatal por cómo le trató el día de Navidad. Ahora, le gustaría explicarle que Harry se va hoy a Bulgaria, que desconoce el motivo y por cuánto tiempo, y que necesita que le consuele.

Pensando todavía en las últimas palabras que Harry ha dejado escritas en el cuaderno, Draco encamina sus pasos hacia el Caldero Chorreante. El lugar no está demasiado concurrido todavía y elige una mesa que está en un rincón, tras pedirle a Abbot un trozo de tarta con queso fundido por encima y una taza de té. Y mientras, taciturno, trata de endulzarse una mañana que siente tan amarga como todas las que han venido después de Navidad, los ve. Greg, Pansy, Astoria y Blaise. Charlando y riendo, alegres y contentos, acaban de entrar en el Caldero. Estupefacto, Draco se da cuenta de que fingen no verle. Porque es imposible que no le hayan visto. La mayoría de las mesas están vacías y la visibilidad del local es excelente. Sus amigos se sientan a una mesa no demasiado lejos de la suya y Abbot acude enseguida a tomarles nota.

Draco se queda observándolos, esperando a que Abbot vuelva detrás de la barra para preparar lo que le hayan pedido, y después se levanta para dirigirse hacia su mesa.

—Hola, Greg.

Pansy mueve la cabeza exageradamente, mirando a su alrededor.

—¿Habéis oído algo? Me ha parecido oír un zumbido…

Draco aprieta los labios, pero también finge que no la ha oído.

—Greg, por favor…

—¡No quiero hablar contigo! —responde por fin Goyle— ¡Y no soy ningún caníbal, para que lo sepas!

Draco no recuerda haberle visto jamás tan enfadado. Sin embargo, le necesita.

—Necesito… necesito tu ayuda, Greg…

Pansy deja escapar un bufido y está a punto de decir algo, pero Astoria le hace un gesto para que no lo haga. Esto es entre Draco y Greg.

—¡Estoy harto de ayudarte! —exclama Greg, airado— ¡Estoy harto de ser tu jodido saco de boxeo cuando te enfadas y tu paño de lágrimas cuando te deprimes! ¡Te hago pizzas gratis! ¿Y qué hay de mí? ¡Ya no estamos en la escuela, Draco! ¡Pero tú sigues siendo igual de capullo!

Draco tiene que hacer acopio de toda su entereza para decir las siguientes palabras:

—Tienes razón, Greg, soy un capullo. Y lo siento, lo siento mucho. Nunca quise decir que fueras un… caníbal. Tu familia tampoco —se apresura a añadir—. Y sé que soy un desagradecido, pero necesito tu ayuda. Con Harry.

—¡Draco Malfoy disculpándose! —exclama Pansy en tono jocoso— Chicos, necesito un pensadero para guardar este recuerdo y restregárselo por la cara cuando se le olvide. Que se le va a olvidar…

—No seas mala, Pansy… —sonríe Astoria.

—¿Le dejamos sentarse con nosotros, Greg? —pregunta Blaise.

Y Greg asiente. Que Draco haya nombrado a Harry le está matando de curiosidad. Y le devuelve un poco la esperanza también.

Draco coge una silla de la mesa de al lado y los demás le hacen sitio para que se siente.

—Harry se va a Bulgaria —revela después—. Coge un traslador a última hora de la tarde. ¿Qué hago?

—La pregunta correcta es: ¿qué quieres hacer? —responde Greg.

—Deberíamos saber la hora exacta en la que sale ese traslador, si es que quieres hacer algo —interviene Blaise en tono práctico.

—No soy fan de Potter, pero el día de mi fiesta estuve hablando con él y me pareció menos capullo de lo que me lo pareces tú ahora mismo —asegura Pansy, quisquillosa.

—La verdadera cuestión, Draco, es por qué quieres hacer algo… —Astoria le dedica a Draco una sonrisa sabedora.

Draco deja escapar un suspiro y, mientras Greg espera impaciente su respuesta, Pansy pone los ojos en blanco.

—Porque no puedo dejar de pensar en él —responde, por fin, a riesgo de que sus amigos piensen que se ha convertido en un blando—. A pesar de que, ahora, sé quién es. Y creo que estoy empezando a conciliar al hombre del cuaderno que imaginaba con él. Y ya no se me hace… extraño —reconoce—. Y si se va a Bulgaria, no tendré oportunidad de decirle que —Draco toma aire antes de pronunciar las siguientes palabras—… que tal vez me haya enamorado.

El silencio que se extiende alrededor de la mesa es tan denso que Draco siente que le falta el aire. Sus amigos le miran como si, de pronto, tuviera tres cabezas, como una runespoor, y la que acabara de hablar fuera la cabeza soñadora. Astoria, la menos sorprendida, es la primera en romper ese silencio.

—Draco, si Harry te importa de verdad, tienes que decírselo —aconseja—. Si quieres una oportunidad con él, tienes que ser auténtico, que él también se dé cuenta de que tú y el que escribía en ese cuaderno sois la misma persona.

—Tienes razón —admite Draco—. ¿Averiguarías a qué hora sale exactamente ese traslador? —pregunta, dirigiéndose a Blaise.

—Dalo por hecho —responde su amigo.

—¡En marcha, amigos! —dice Greg, poniéndose en pie, muy animado, olvidado ya cualquier resentimiento hacia Draco— ¡Tenemos que evitar que Harry tome ese traslador!

—Deberíamos organizar una fiesta, una fiesta íntima, por supuesto —dice Pansy, esta vez en un tono más bien pícaro.

—Yo conseguiré la decoración —se ofrece Greg—. En la pizzería nos han sobrado muchas cosas… Y puedo hacer un par de pizzas también.

—Y podemos pedirle a Abbot que nos haga una tarta con queso fundido —dice Astoria, haciéndole un guiño a Draco.

—Yo me voy al Ministerio, para averiguar los horarios de los trasladores de hoy.

—Gracias, Blaise —Draco mira a sus amigos sintiéndose tan agradecido. Sintiendo que no se lo merece—. Gracias a todos. Bueno, supongo que ahora depende del destino…

—Ni hablar —le contradice Astoria—. Solo depende de ti, Draco Malfoy.

LA DOMUS DE LIVIA
©Mayo 2015 by Livia

bottom of page