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La Nueva Domus de
Livia
Si te Atreves...
by Livia
Son las seis de la tarde. La comida en La Madriguera ha sido más alegre de lo que Harry esperaba. Supone que su familia no quería que se marchara más triste de lo que ya lo está. Ahora está cerrando los baúles, ayudado por Ron, mientras Hermione da un repaso a la casa y pone hechizos anti robo en las ventanas y en la puerta trasera. Esperará a poner el de la puerta de entrada y un hechizo anti aparición alrededor de la casa cuando Harry se marche. También ha desconectado la chimenea. Le entretiene estar haciendo estas cosas para no dejarse llevar por la tristeza que le provoca, no tan solo que su amigo se marche por varios meses, sino por el fracaso con el cuaderno. Harry necesitaba tanto que funcionara… Había llegado a enamorarse de ese hombre misterioso que al final resultó no serlo tanto. Había puesto tantas esperanzas en él… Pero ni en el escenario más increíble e improbable habrían imaginado que se trataba de Draco Malfoy.
—Bien, listo.
Con un suspiro, también mezcla de tristeza y decepción, Harry echa un vistazo a su alrededor, despidiéndose mentalmente de su hogar.
—¿Has encogido los baúles? —pregunta Hermione.
Harry da unos golpecitos al bolsillo derecho de su abrigo, indicando que están ahí. Lleva la bolsa de mano colgada al hombro. A continuación, salen los tres del cottage. Harry consulta su reloj. Todavía lleva el que le regalaron los Weasley cuando cumplió diecisiete años.
—El traslador sale en media hora. Debería darme prisa…
Le da un abrazo a Ron y después a Hermione, a quien retiene unos segundos más entre sus brazos.
—No te comas la cabeza —susurra—. No fue culpa tuya, ¿de acuerdo? —ella asiente—. Escríbeme. Sé que Ron no lo hará —dice después en voz alta.
—Herm lo hará por los dos —sonríe Ron—, ya lo sabes.
—Bien, chicos, os haré saber cómo me va…
Y, forzando una sonrisa, Harry agita su mano a modo de despedida antes de aparecerse. El matrimonio se mira unos momentos y después se dan un abrazo de consuelo. Los dos van a echar mucho de menos a su amigo.
—Yo termino con esto —dice Hermione—. ¿Por qué no vas a recoger a los niños y me esperáis en casa? No tardaré nada…
—De acuerdo. Los meteré en la bañera.
Hermione le sonríe y cuando él se aparece, ella se vuelve hacia la puerta del cottage, que han dejado abierta, para cerrarla y poner los hechizos finales. Y, entonces, lo ve. El cuaderno rojo está apoyado contra la pared, junto a la puerta. Ninguno de los tres se ha dado cuenta de que estaba allí cuando han salido para despedirse de Harry. Ella lo coge, pensando que Malfoy lo habrá dejado allí porque ya no quiere saber nada de él. El juego ha terminado y lo devuelve a su propietario. Hermione pone el hechizo anti robo en la puerta y después una barrera anti aparición alrededor del cottage. A continuación, se aparece en su propio hogar, justo cuando Ron y sus hijos salen de la chimenea.
—¿Qué haces con eso? —pregunta Ron.
Hermione mira el cuaderno, que todavía lleva en la mano, y después lo deja sobre la mesita.
—Estaba junto a la puerta —responde—. Supongo que Malfoy lo devolvió y no nos dimos cuenta.
Después de abrazar y besar a sus hijos, y de acallar sus protestas sobre el menú de la cena —coles de Bruselas, zanahorias y pescado—, Ron consigue llevárselos, todavía protestando, hacia el cuarto de baño, mientras les sermonea sobre que comer patatas fritas cada noche no es sano. Hermione sonríe, pensando que Ron es un gran padre. Y tiene más paciencia de la que cualquiera que le conozca podría imaginar. Se dispone a ir a la cocina para empezar con esa cena que sus hijos no quieren, cuando sus ojos tropiezan de nuevo con el cuaderno. Lo coge y, esta vez, lo abre con la duda de si Malfoy habrá dejado algo escrito. Y, para su sorpresa, lo ha hecho. Tras leerlo, se apresura hacia el cuarto de baño, donde al parecer hay una batalla naval en marcha, y asoma la cabeza.
—Ron, debo alcanzar a Harry antes de que coja el traslador —dice en tono atolondrado mientras le muestra el cuaderno—. ¡No puedo dejar que se marche sin que lea esto!
Estupefacto, su marido solo acierta a decir:
—Pues ya se lo enviaremos, mujer. No hace falta que…
Pero ella ya se ha aparecido de la casa.
Flourish and Blotts, según Pansy, no es el lugar ideal para una cena íntima y romántica. Pero Draco le ha dicho que aquí es donde todo empezó y que está seguro de que para Harry tendrá tanto significado como para él. Ella, finalmente, como la buena amiga que es, aunque Draco lo ponga en duda, se ha resignado y le ha ayudado a limpiar una parte del desván de la tienda, donde solo hay trastos y polvo. Han puesto la decoración navideña que ha traído más tarde Greg, junto a dos deliciosas pizzas, la tarta con queso fundido y un montón de aperitivos que Astoria le ha pedido a Abbot que preparara. También hay vino y una botella de champagne, carísimo, que Draco ha sustraído de la bodega de su padre, y que se está enfriando en una cubitera. También se ha traído copas, platos y servilletas. A su madre le daría un ataque porque los ha cogido de su mejor vajilla.
Padma ha hecho la vista gorda y les ha dejado hacer. Pero ya son casi las seis y media, la tienda está cerrada desde hace una hora, y Padma ha esperado todo lo que podía esperar. Es Nochevieja y tiene planes.
—Lo siento, Malfoy, pero tengo que cerrar.
—Solo veinte minutos más —ruega Draco—. Su traslador sale a las siete, todavía puede venir…
Padma mira a su alrededor, contemplando admirada el fruto de los esfuerzos de ese cretino y sus amigos.
—Lo siento, pero tengo una cita y no puedo esperar más —dice, sin embargo.
—Te organizo la sección de biografías —ofrece Draco—. La de ciencias —insiste ante el silencio de Padma— ¡La que te dé más rabia!
—Lo siento, Malfoy, pero creo que Harry no vendrá.
—Quince minutos más —ruega Draco—. Y te prometo que nunca, jamás, volveré a decirte que hay un libro en la sección equivocada. Lo cogeré, lo ordenaré yo mismo y no te molestaré.
Padma suspira y le mira con un poco de pena. Está segura de que Harry no vendrá.
Mientras espera a que anuncien su traslador, comiendo un After Eight tras otro —su marca de chocolate con menta favorita—, Harry observa desde su asiento el flujo de magos y brujas que llegan y se van. Mira su reloj. Faltan todavía quince minutos. No cree que haya mucha gente esperando el traslador a Bulgaria. Seguramente, sea el único que va a tomarlo. Solo espera que, tal como prometió el director de Durmstrang, alguien de la escuela le esté esperando en el Ministerio búlgaro para recogerle y llevarle hasta allí. Trata de consolarse pensando que esos meses significarán un reto en su carrera como profesor. Que puede sacar algo bueno de todo esto. Y, decide también, no sin cierta amargura, que este año no va a formular ningún deseo para el año que en pocas horas va a entrar. Sus deseos nunca se cumplen y es un desperdicio de tiempo desearlos.
Por un momento, le parece que alguien grita su nombre y dirige la mirada hacia el empleado del Dpto. de Transportes Mágicos, quien parece un poco agriado por haber tenido que trabajar hoy. Harry frunce el ceño. Tío, me voy a Bulgaria a la fuerza durante varios meses y estoy más solo que la una porque parece que el amor no está hecho para mí. ¡Supera eso! Harry deja sus diatribas mentales cuando le parece volver a oír su nombre de nuevo, esta vez más cerca, y puede reconocer que es una voz femenina. Atónito, ve a Hermione venir por el pasillo que conecta con la zona de trasladores a todo correr. Se levanta, espantado, seguro de que ha pasado algo malo. Ella llega junto a él sin aliento. Lleva el cuaderno rojo en la mano.
—Tienes que leer lo que ha escrito Malfoy, Harry —él la mira sin comprender—. Lo dejó junto a tu puerta, pero no lo vimos.
De pronto muy nervioso, Harry abre el cuaderno y empieza a leer.
Querido Harry, tal vez no seamos las personas que esperáramos encontrar fuera de las páginas de este cuaderno. Pero ello no significa que no nos conozcamos. Sinceramente, te conozco mejor que a la mayoría de mis amigos. Seis años de colegio dieron para mucho. Sin embargo, ha sido a través de estas páginas donde he conocido al verdadero Harry Potter. Y me gusta. Teníamos expectativas, antes de saber quiénes éramos. Yo todavía las tengo. Espero que tú también. El hombre del cuaderno es al que ahora veo en ti. Porque eres tú, Harry. Y, por fin, me doy cuenta de que no podías ser otro. Eres el hombre del que me he enamorado. Y, si no es demasiado tarde, te estaré esperando en el lugar donde todo empezó…
Harry mira a Hermione como si todavía no pudiera creer todo lo que acaba de leer.
—¿A qué estás esperando? —le urge ella— ¡Corre!
—Traslador con destino a Sofía, Ministerio de Magia búlgaro —anuncia entonces el empleado de Transportes Mágicos en tono monótono.
Harry mira hacia el empleado, quien sostiene un vaso de papel en la mano.
—Segundo aviso. Traslador con destino a Sofía, Ministerio de Magia búlgaro…
—Harry —insiste Hermione—, ni te lo pienses. Ya inventaremos alguna excusa, que has pescado la gripe o algo así.
Su corazón está latiendo tan de prisa que Harry cree que se le va a salir del pecho en cualquier momento.
—¿Vas a darle una oportunidad? —pregunta Hermione, en tono impaciente— Porque deberías irte ya, antes de que Malfoy piense que no vas a aparecer y se vaya de dónde sea que te esté esperando.
Y entonces, Harry la abraza, tan fuerte, que Hermione teme que le rompa alguna costilla.
—Tercer y último aviso —el tono del empleado del Dpto. de Transportes Mágicos ahora es de cabreo—. Traslador con destino a…
Pero Harry ya no oye el resto.
Harry se aparece en el Callejón Diagon y camina los pocos pasos que faltan para llegar hasta Flourish and Blotts, tratando de tranquilizarse. Ha pasado de la depresión más absoluta a una brillante esperanza. Su escala de Rosenberg particular debe estar volviéndose loca de tanto sube y baja emocional. Se detiene ante la puerta de la librería y la empuja tentativamente. No está cerrada. Antes de entrar, cierra los ojos y respira profundamente. ¡Tiene tantas expectativas ahora! Y tanto miedo. Su historia con Malfoy ha sido de la peor que puede haber entre dos personas. Pero eran niños, adolescentes, ambos marcados por destinos que ninguno de los dos buscó. Y ahora son hombres. Hombres que se han descubierto el uno al otro y han conocido la parte escondida de cada uno y les ha gustado. Y si el verdadero Malfoy es el hombre que ha saltado desde las páginas del cuaderno a la realidad, Harry lo quiere para él. Al menos, quiere intentarlo. Decidido, con un montón de mariposas revoloteando en su estómago, empuja la puerta de la librería y entra.
Sonríe al ver el camino de luces de Navidad, del tipo que se ponen en los abetos, flotando a ambos lados de la puerta, haciendo un pasillo. Las luces le llevan a través de la librería hasta una puerta escondida en la trastienda, sobre la cual flotan unas letras que destellan luces de colores formando la palabra STILL BELIEVE. La sonrisa de Harry se amplía todavía más y sube las escaleras que hay tras esa puerta con el corazón a mil.
Llega a lo que parece un desván que tiene un aspecto bastante raro. En una parte, la del fondo, se acumulan trastos viejos y cajas llenas de polvo. En la otra parte, iluminada y limpia, con un montón de comida sobre un viejo mueble, Malfoy espera sentado sobre una banqueta algo destartalada. Se levanta casi de un salto en cuanto Harry asoma por la puerta.
—Hola… —saluda.
Y a Harry le tranquiliza un poco que parezca tan nervioso como lo está él.
—Hola…
Durante unos momentos, se miran en silencio, como si no supieran qué decir.